LOS PASTELES

Esa mañana la Tierra se había desayunado a la gente con casas y con todo. Me llevé las manos a la cabeza de la impresión que daba ver lo que antes era el poblado y ahora se había convertido en una explanada donde el aire movía el polvo y hacía rodar a los matorrales. Precisamente hoy que era el día de la fiesta popular, que todo el mundo preparaba algún plato y pasteles de postre para juntarse a compartirlos en la plaza.

Rápidamente me di cuenta de lo que podía haber ocurrido. Periódicamente la Tierra engulle parte de su corteza para reciclar todos los materiales y devolverlos en forma de ricas y fértiles rocas volcánicas a través de la lava. Para no sufrir los efectos de este fenómeno ni personas, ni animales, ni ciertas plantas se ponen unos mojones en zonas muy concretas para delimitar áreas que la Tierra tiene que respetar. No se qué podría haber pasado en este caso. Desde luego mi casa pertenecía a otra mojonera, por eso no debió de verse afectada.

Mirando a través del paisaje desolador, a lo lejos pude vislumbrar la figura de una mujer con sus pelos movidos por el viento. La mujer del vestido azul. Bajé corriendo a encontrarme con ella por si tenía alguna respuesta que darme. No hablaba, pero no me sorprendió, tampoco señalaba nada puesto que tenía los brazos ocupados en asir fuertemente un mojón que había levantado del suelo. Le dije que cómo se le había ocurrido tocar la señalización, pero nada, y mojón y ella parecían una misma cosa. Oí unas voces que provenían de un antiguo pozo. Me acerqué a él y pude escuchar a la gente del poblado que estaba muy enfadada por lo ocurrido. Me dijeron que no podían salir por ahí porque la atracción de la Tierra abajo era muy elevada, había comenzado el proceso de succión.

No perdí más tiempo y me encaminé hacia el volcán más próximo para presentar una queja que llegase a las más bajas instancia. Y también para preguntar qué se podía hacer. Allí me dijeron que cómo se nos ocurría seguir utilizando mojones cuando había métodos más modernos para marcar los territorios y que en esas condiciones cómo nos habíamos puesto a cocinar pasteles cuando, de todos es sabido lo golosa que es la Tierra. Por lo visto no se podía hacer nada, una vez empezado el proceso era ya imparable.

Derrotado volvía hacia casa cuando, bajo mis pies, sentí un temblor violento pero breve y acto seguido oí que los árboles replicaban “salud”. Me acordé que la Tierra era alérgica a los gases desprendidos por la combustión y se me ocurrió una idea. Por toda aldea que pasaba, contándoles lo sucedido, animaba a la gente a que se trajese toda la leña que pudiese y unos corderos. Nos juntamos miles de personas en los aledaños de lo que antes era el poblado y quemamos quintales de leña para asar los corderos. La muchacha del vestido azul seguía en el mismo sitio donde la había dejado, impertérrita. Le ofrecí una pata de cordero, pero nada.

Comimos y bebimos bien. Montamos un sistema de cuerdas y poleas para ir mandando cuartos a los de abajo. Ellos tenían bebida en sus casas y en el bar, y nos iban mandando pasteles de vuelta. De esta manera fuimos celebrando la fiesta a la vez que preparando una gran humareda que parecía insuficiente para nuestros propósitos, puesto que la Tierra no hacía ningún gesto. Decidimos ponernos a fumar todos, unos con gusto y los no fumadores hicieron el esfuerzo. Allí no se podía parar, casi no nos veíamos ni entre nosotros, pero no sentíamos ninguna reacción por parte de la Tierra.

Me fijé que la chica miraba mucho los pasteles que iban en las bandejas para allá y para acá. Cogí una y se la acerqué para ofrecerle, de repente se le pusieron los ojos de grandes como platos y no pudo por menos que alargar un brazo para coger uno. En ese momento quedó libre el mojón que cayó al suelo, instante en el que se desarrolló una reacción en cadena. Primero se produjo un temblor, seguido de un fuerte viento hacia el interior de la Tierra, con un posterior crujido acompañado de un terremoto que duró varios minutos. Todo esto dio lugar a una falla que hizo que los estratos terrestres cambiaran de posición, los que estaban arriba pasaron abajo y viceversa, por lo que el poblado afloró intacto, con su gente y con todo lo demás. La chica había desaparecido como es costumbre, con la bandeja de pasteles.

Terminamos la fiesta todos juntos, los de arriba y los de abajo, hablando de la peripecia y cada uno se fue a su casa a dormir.

Desde ese día se dejó de fumar en el poblado, no así de asar. Para conseguir con esto no irritar a la Tierra.