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LA APUESTA
Aquella mañana las calles del poblado estaban perfumadas de sonrisas. A la gente se le veía contenta. Yo, mientras tanto me hallaba a miles de kilómetros de allí observándoles a través de la cabeza de un dragón. Estaba en la montaña de las cabezas perdidas, en la consulta del Hada del Vestido Rojo, dueña del dragón que daba nombre a la montaña. Era este animal un ser singular de tres cabezas que mudaba una cada año. Cuando lo hacía debía de ser bastante doloroso porque se le oía chillar a muchas leguas a la redonda. Las cabezas que iba dejando tenían extraños poderes como éste de proyectar lo que estaba ocurriendo en el mismo instante en otro lugar. Yo me encontraba aquí por un problema de contracturas, me habían dicho que las manos de esta mujer eran manos de santo y, a fé mía que sí lo eran. Con el cuerpo arreglado me bajé a una aldea que había cerca y entré en el primer bar que me crucé. Allí me sorprendió ver a dos tipos sentados en una mesa mirándose fijamente el uno al otro, pero lo que más me sorprendió de la escena es que, a su vera tenían un palanganero y un orinal, y estaban rodeados de elementos ornamentales que nada tenían que ver con la decoración del local. Me contaron que uno era soltero y el otro estuvo casado y que por una apuesta llevaban sin levantarse de la mesa veinte años. La cuestión fue que, el soltero estaba harto de que el casado se fuese siempre pronto a casa porque sino la mujer…, ya se sabe. Y un día que el casado dijo que se levantaría de la mesa después que el otro, el otro dijo que no se lo creía y que se apostaba lo consumido en el bar a que sería al revés. El casado aceptó la apuesta y, hasta hoy. El casado había sufrido lo suyo porque su mujer, harta de esperar, se divorció, se casó con otro y rehizo su vida, pero el soltero lo llevaba mejor porque él siempre había hecho vida de bar. Me dijeron también que todos los vecinos de la aldea estaban muy enfadados y hartos de esta situación, y que habían hecho una colecta para pagar lo que se adeudase en consumiciones durante estos años de atrás, con tal de que se levantasen de la mesa de una vez por todas. Me acerqué a ellos y les pregunté que por qué no acababan ya con esto. Y me dijeron que ya estaban un poco cansados y que no habría cosa que les hiciera más felices, pero que primero se levantase el otro. Viendo que no había salida me pedí una consumición y me fui a la puerta del garito. En éstas me encontraba yo cuando vi pasar a dos hombres con pico y pala y les dije que si me podían echar una mano. Al comentarles de que se trataba accedieron encantados. Nos pusimos manos a la obra. Mientras ellos cavaban una zanja desde la mesa de la pareja, recorriendo todo el local hasta, con una pequeña rampa, comunicar con la puerta, yo le explicaba al dueño y hacía pactar a los dos un procedimiento mediante el cual ninguno se tendría que levantar de la mesa antes que el otro y, posteriormente saldrían juntos del bar. Terminada la zanja los hombres descendieron a ella, y se dirigieron juntos hacia la puerta. Se puso un cordel a la altura de los tobillos en el umbral de la entrada, para que los dos lo rompieran a la vez al dar el primer paso de salida. Los dos estaban ya dispuestos a avanzar simultáneamente cuando, procedente de la montaña, llegó un alarido que nos dejó la sangre helada a todos, con el acontecimiento no nos habíamos acordado de que era época de muda. El que fue casado perdió el equilibrio debido al susto y no pudo impedir romper el cordel el primero. Se hizo un silencio denso. Los dos amigos se miraron. Nunca el triunfo en una apuesta fue más amargo, el soltero no quería ganar después de lo hablado. El triste hombre divorciado rompió a llorar y, pensando en que había perdido, salió corriendo y nunca más se le volvió a ver. Ni si quiera le dio tiempo al otro a decirle que para él nadie había ganado. A mi ya se me hacía tarde para volver, me despedí con cara de resignación de todos y puse rumbo hacia mi casa a ver si podía llegar a dormir a una buena hora, no sin antes comprar una docena de noticias en algún puesto, que me gusta llevar cuando voy a los viajes. Desde entonces, cuando un grupo se encuentra a la mesa de un bar, siempre hay alguno que hace el ademán de incorporarse y se sonríen todos, pero allí se quedan dale que te pego a ver quién es el primero que se levanta. Pero sin apuestas, se prohibieron todas aquellas que ponían en juego alguna faceta del alma. |